lunes, 30 de noviembre de 2009

Tan normal que ni se siente, pero ahí está...

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Aquel hombre no se conocía, había mirado tantos rostros por décadas, podia recordar cada detalle de sus caras; muecas, imperfecciones, dolores, amores y mentiras, podía reconocer cualquier gesto, pero él nunca había mirado su rostro...


Vivía rodeado de caras, las palabras giraban como torbellinos en sus oídos - nunca desaparecían-, los vió pelear, llorar, amar, ensayar discursos, mentiras, soliloquios y peticiones de matrimonio, los recuerdos lo hacían inmortal, no había ninguna persona que no quisiera ser su amigo, pero a él le faltaba algo, se sentía solo, vacío, le faltaba aquello tan natural para el resto, aquello que para él era imposible.
Las imágenes se confundían en su cabeza, trataba de imaginarse su rostro, se tocaba la nariz, los ojos, el mentón, las orejas, la boca, la frente y buscaba imágenes entre sus recuerdos, cualquiera que se pareciese a los que su tacto le representaba, pero nada, seguía sintiendo la necesidad de verse, de ver el color de sus ojos, tal vez observar sus arrugas, sus lunares, sus heridas de combate, sus dolores, esos que se marcan en la cara, prueba imborrable de ese mar de lágrimas al cual hemos sido lanzados para que aprendiéramos a nadar por desesperación.

La vida al otro del espejo necesita espejos, reflejos, cicatrices, imperfecciones, marcas, cualquier atisbo de vida...