*
De mirada dura, terco, orgulloso, silencioso,de cicatrices múltiples por años de trabajar en el ferrocarril, pero más que las físicas, eran las internas las que más marcadas estaban, frío con todos, siempre con el ceño fruncido. Así era el negro, pero con ella era distinto, de alguna manera lo conmovía, le llenaba la mirada, observaba cada paso que daba, cada pequeño error, cada palabra, aprovechaba las pocas horas que podía tenerla cerca...
De mirada dura, terco, orgulloso, silencioso,de cicatrices múltiples por años de trabajar en el ferrocarril, pero más que las físicas, eran las internas las que más marcadas estaban, frío con todos, siempre con el ceño fruncido. Así era el negro, pero con ella era distinto, de alguna manera lo conmovía, le llenaba la mirada, observaba cada paso que daba, cada pequeño error, cada palabra, aprovechaba las pocas horas que podía tenerla cerca...
"Bandida" le decía, los meses del año que no la tenía cerca, llamaba por teléfono 1 día a la semana para preguntar por ella, siempre los domingos, cercano a las 3 de la tarde, porque sabía que estarían comiendo los 3 juntos y escucharían el teléfono, fue así como se entero que habían atropellado al padre de la muchacha, apenas supo, viajo para cuidarla, para esos días creo que ella tenía 3 años, el accidente fue muy grave, la madre debía estar en el hospital y en la ciudad en la que vivían no conocían a nadie, pues toda su familia estaba en Illapel.
Aunque sólo compartieron algo más de 12 meses en 15 años, había algo especial que los unía, mucho más que las letras del apellido, se amaban, y eso se veía en cada tímido gesto, (algunos dicen que la sangre tira, pero la verdad yo no creo para nada en eso, pues tengo una familia inmensa y ninguno se acuerda de mi existencia, si yo no voy a visitarlos o los llamo, pues no existo).
Aunque sólo compartieron algo más de 12 meses en 15 años, había algo especial que los unía, mucho más que las letras del apellido, se amaban, y eso se veía en cada tímido gesto, (algunos dicen que la sangre tira, pero la verdad yo no creo para nada en eso, pues tengo una familia inmensa y ninguno se acuerda de mi existencia, si yo no voy a visitarlos o los llamo, pues no existo).
El negro era bueno para tomar, siguió un ritmo constante por bastantes años, tomaba como ferrocarrilero - esa frase le daba justo en el clavo -. Tenía miles de historias para contar, miles de pesos menos, varias muchachas (que ahora no lo son taaanto) que recordaran su nombre y su esposa que de seguro recordará el nombre de cada muchacha, pues en un pueblo chico como Illapel todo se sabe...
..yo la verdad es que soy bien mala para los abrazos, los besos y los te quiero, con los años y los golpes me he ablandado como membrillo colegial, quizás ahora me cuesta menos decir te quiero o te amo cuando este corresponda. Mi abuelo me lo decía cada vez que podía y que viniera de aquel viejo rudo y terco, era porque de verdad lo sentía. Él me lo decía y nunca fui capaz de contestarle, la verdad es que no sólo lo quería, lo amaba, pero ese miedo acumulado de años de rechazo y soledad, me cortaba las palabras, les quitaba calor, ese miedo que se localiza en la lengua, no en el corazón, ese miedo no me lo permitió...
La salud del negro venía deteriorándose desde algunos meses, sentía mucho dolor, y como viejo bruto no quería ir al doctor, así pasaban y pasaban los días, hasta que uno de esos días se puso tan mal que tuvieron que llevarlo obligado al hospital (creo que esa actitud se hereda), cirrosis le detectaron, los años de fiestas le estaban pasando la cuenta... Los padres de la muchacha fueron a visitarlo, ella no podía pues estaba "vacaciones en la playa con unos amigos" (es ahí donde las historias se entrelazan) , así pasaron varios días, hasta que el 14 de noviembre (día en que la muchacha cumplía los 15) recibió una llamada de su padre, no para decirle feliz cumpleaños sino para contarle que el negro había muerto. Si la hubiesen visto, estaba pálida (más de lo normal), de su boca no salía ni una palabra y de sus ojos ni una lágrima, bastante extraño en ella, porque si se trata de hablar y llorar, yo le daría el primer lugar, hasta sus dolores se le habían olvidado, tomó un bolso, echó algo de ropa, y corrió a tomar un bus, no podía creerlo, el negro se había ido y ella no estaba ahí para decirle ese Te quiero que aprendió de su mirada, de cuando la recogía del suelo y le limpiaba las rodillas, de esas naranjas que cortaba del árbol, de ese brasero con azúcar o de esos paseos a caballo que le daba.
Hasta el día de hoy lleva esa mochila en la espalda, yo supongo que esa es una de las razones por las que tapiza de "te quieros" a su abuela, a sus padres, a sus hermanas , a sus sobrinos, y a uno que otro amigo, es que me ha dicho que prefiere un desprecio o quizás un esquivo "yo también" , pero nunca más el dolor de irse sin decir Te quiero...
No hay comentarios:
Publicar un comentario