Y los últimos días, escapaba de verla, sentía miedo, miedo a verla mal, la vi un par de veces en su cama, ya descuidada por el alzheimer, la mayoría de su cabello se había caído y el que quedaba ya no tenia ni un atisbo de ese color cobrizo de hace un par de meses, no conservaba su placa lo que hacia ver su cara mucho mas delgada, de una manera que me producía escalofríos, sus ojos ya no brillaban y tenían una telita celeste, su voz casi no se escuchaba y sonaba rasposa.
Recuerdo uno de los sábados que fui con mamá a visitarla, yo me iba directo al piano que había en su casa, trataba de esconderme tras las teclas y los sonidos, quería no pensar,tenia miedo. Pero ese día me llamo, quería hablarme, me recordó, no se por qué razón, fue extraño porque que soy fácil de olvidar, nadie me recuerda. Yo no quería acudir a su llamado, pero mamá me obligó, verla como me llamaba con su delgada mano me angustiaba, sentía tanto miedo, miedo de no verla nunca más, miedo a ella, una sensación que aún se anuda en mi garganta cuando la pienso.
yo sabia que no viviría mucho más pues ya tenia 94 años, pero no soportaba la idea, de alguna manera la necesitaba, me aferraba a esa figura delgada, de chalecos largos y lentes grandes, necesitaba sus retos, esa rutina de ordenar sus botones y medir dedales de mostacilla, extrañaba su dura mirada, despreciándome, pero a la vez enseñándome a trabajar. Salí huyendo, no lo soportaba, quería recordarla en su negocio, con sus lentes haciendo como que leía el periódico, pero a la vez, mirándome por encima de sus anteojos. A pesar de que nunca vi una gesto de cariño de la tía Zahira (como me hacia llamarla mamá porque no era tía mía) la extraño, extraño esa preocupación por mi, que era la de un gendarme a un preso, pero preocupación al fin y al cabo...
yo sabia que no viviría mucho más pues ya tenia 94 años, pero no soportaba la idea, de alguna manera la necesitaba, me aferraba a esa figura delgada, de chalecos largos y lentes grandes, necesitaba sus retos, esa rutina de ordenar sus botones y medir dedales de mostacilla, extrañaba su dura mirada, despreciándome, pero a la vez enseñándome a trabajar. Salí huyendo, no lo soportaba, quería recordarla en su negocio, con sus lentes haciendo como que leía el periódico, pero a la vez, mirándome por encima de sus anteojos. A pesar de que nunca vi una gesto de cariño de la tía Zahira (como me hacia llamarla mamá porque no era tía mía) la extraño, extraño esa preocupación por mi, que era la de un gendarme a un preso, pero preocupación al fin y al cabo...
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